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jueves, 15 de octubre de 2020

CLASES


No es que estemos en una nueva normalidad, es que todo es raro, muy raro. Es como si nos hubiéramos quedado con lo peor de la antigua normalidad y aún no tuviéramos lo mejor de la que tiene que venir, que nadie sabe si será nueva o tendremos una de segunda mano.

La banda sonora del 9 d’Octubre salió de los balcones. El 12, en la otra cita patriótica, algunos trampearon con un trapo presumiendo de bandera preconstitucional. Nada es lo que parece. Nos decían que la pandemia nos igualaría y todo apunta a que ocurre lo contrario. Si desde hace un par de décadas la desigualdad no ha hecho más que crecer, ahora, con el virus rondando entre nosotros, se ha disparado. Más desiguales que ayer, pero menos que mañana. Si no lo evitamos, claro. Las cosas, mientras no se demuestre lo contrario, pueden cambiarse. Eso sí, cuesta. Dejarse llevar por el determinismo no es un buen consejo.

 

IGUALDAD

               La verdad es que casi toda la gente nace y muere en la misma clase social. No es fácil salir de pobre, suele decirse. A pocos pobres les toca el Gordo o aciertan la primitiva. Ese señuelo mueve apuestas y casinos. Un camino de perdición al que se quiere poner coto. Además, sabemos que los sueños, sueños son, que decía Calderón. En casinos y apuestas es más probable encontrar la ruina que a la diosa fortuna.

Para salvar los muebles en caso de crisis, y sobrevivir, aunque no la haya, se conquistó el Estado del bienestar. Sanidad y educación son sus pilares básicos. Pero también dependencia, y vivienda, y protección social, y… la lista es larga. Si la sanidad nos iguala ante la salud, la educación lo hace ante las oportunidades. Con la crisis sanitaria, ambos pilares crujieron. Años de recortes y olas privatizadoras dejaron la sanidad y la educación públicas en estado de caquexia. Vamos, en los puros huesos. Cuando ha habido que echar mano de ellas, nos hemos percatado de lo anémicas que estaban. Toda inversión es poca para reanimarlas.

La sanidad no ha dejado de estar sometida a estrés desde que nos entró “el bicho”. Para la lucha contra la Covid-19 no ha habido ni descanso ni vacaciones. No fue el caso de la enseñanza. Desde marzo las clases presenciales se convirtieron en on-line. El experimento dejó al descubierto importantes carencias. No todo el mundo dispone de los medios informáticos necesarios. Adiós igualdad de oportunidades.

Conselleria y sindicatos acordaron iniciar el curso con la máxima presencialidad. Se argumentó el papel socializador que cumple la escuela. Pero olvidaron otras funciones. Al menos eso parece. A nadie se le escapa la importancia de Segundo de Bachillerato como puerta a la universidad. Su acceso, fuertemente competitivo, depende de la nota que se saque en la EBAU, la antigua Selectividad. Desde hace unas semanas, el alumnado de Segundo de Bachillerato del Lluís Vives de València está movilizado reclamando todo el curso presencial. La falta de espacio y de profesorado obligó a dividir el número de alumnos por aula, y a reducir a la mitad las clases presenciales, obligando a recortar el programa del curso. No es el único IES afectado por esta carencia. En otros sitios con el mismo problema ya se han encontrado soluciones.        

PLAZA DE ARMAS

               Casi siempre, encontrar soluciones es cuestión de voluntad. Donde parece que no hay demasiado interés en solucionar los conflictos es en la capital del Reino. El menguado desfile de la hispánica jornada no sirvió para calmar las agitadas aguas. Los medios afines a la derecha, o sea casi todos, no dejan de jalear la desafiante actitud de la lideresa madrileña. Ya sabemos que ella no baila sola. Su pareja de hecho, digo del líder de su partido, la tiene como ariete contra el gobierno de coalición. El PP quisiera subirse al caballo de la pandemia como si fuera el de Pavía. Y apoyado en sus estribos judiciales poder retorcer la voluntad popular como si fuera un tirano banderas cualquiera. Los neofranquistas le soplan tras la oreja. Los que añoran la dictadura celebraron su patriótico día quemando combustible por la Gran Vía. Y en València, en el pluricultural y tolerante barrio de Benimaclet, marcharon con cuatro antorchas y banderas franquistas intentando emular a los nazis en su siembra de odio durante la noche de los cristales rotos. ¡Ridículos!

URBANO GARCIA

urbanogarciaperez@gmail.com

Imagen: Alumnas 2º Batxiller del IES Lluís Vives reclamando clases presenciales. Valencia Plaza  

 

  

 

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