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miércoles, 30 de mayo de 2012

ERNEST O LA DETENCIÓN, MÁS O MENOS ACCIDENTAL, DE UN INDIGNADO


A veces, ni la mejor ficción supera a la realidad. Hacía días que policías de paisano seguían los pasos de Ernest, un indignado valenciano que se sumó al 15M cuando hace un año irrumpió en la vida política de nuestro país. Conocían todos sus movimientos. Sabían dónde vivía y qué hacía con su tiempo. Le esperaron a la salida de su casa, en el barrio de Zaidía, a cuyo colectivo del 15M pertenece. Le siguieron. Subieron con él a un autobús municipal. Nada más arrancar, le rodearon, le esposaron y le comunicaron que estaba detenido. Los restantes pasajeros se miraron perplejos, no salían de su asombro. No se lo podían creer, les parecía una película. Para Ernest era una pesadilla. Nadie entendía nada. Ernest tiene un semblante cerúleo, su imagen refleja la fragilidad de su salud. Y es que Ernest vive con un doble trasplante, de riñón y de páncreas. Su hígado también se resiente tras muchos años de diálisis.
La policía debía estar al tanto de  sus constantes hospitalizaciones. O no. El viernes 18, una semana después de la manifestación del 12 de mayo en conmemoración del primer aniversario del 15M, Ernest fue hospitalizado por una infección. No salió de La Fe hasta el martes 22. Al día siguiente, miércoles 23, lo detuvieron.
Los policías ordenaron al conductor que parara el vehículo. Bajaron a Ernest esposado del autobús. Le subieron de mala manera en un coche de policía. Lo trasladaron a la Jefatura Superior de la Policía. Allí, en una pequeña celda, pasó Ernest las siguientes interminables horas. Su estancia solo fue interrumpida por los interrogatorios y la visita de su hermana. Su familia estaba preocupada, muy preocupada. Primero no sabían dónde se encontraba. Cuando lo supieron, la preocupación fue su salud. Ernest precisa tomar medicación diaria. La vida le va en ello. Su hermana, Amparo, le llevó las medicinas. Para entonces, Ernest ya sabía los motivos de su detención. Se los dijo el comisario en el primer interrogatorio.
A Ernest le acusaba la policía de desórdenes públicos, de haber tirado las vallas que rodeaban la parte central de la plaza del Ayuntamiento, tras la manifestación que el 12 de mayo recorrió las calles de Valencia. A Ernest le acusaban de haber desmontado la mascletá que el Ayuntamiento presidido por Rita Barberá había decidido instalar en la plaza en la que terminaba la manifestación. Por ese motivo también le acusaban de manipulación de explosivos.
“Apareces recogiendo petardos en el vídeo que hemos grabado”, le dijo el comisario. Ernest no lo desmintió, ayudó a los pirotécnicos a recoger la mascletá. “Tanto petardo entre tanta gente era un peligro, podía haber ocurrido una tragedia”, argumentó Ernest en su descargo. Del visionado de las imágenes captadas por la policía no se deducía otra cosa. La acusación por manipular explosivos no se mantenía en pie y no tardó en ser retirada por la misma policía. No hizo falta ni que la abogada de oficio interviniera. A pesar de que Ernest está en la antípoda de lo que podría ser un terrorista, las acusaciones que se le han hecho son terribles, tan terribles como su historia.
Cuando su hermana Amparo llegó a Jefatura con los medicamentos que tenía que tomar Ernest los agentes quisieron custodiarlos. La desconfianza suele formar parte del comportamiento policial. Desconfianza que, en el caso de Ernest, estaba totalmente injustificada. Amparo pidió a una vecina que le llevara el historial clínico de su hermano. Una voluminosa carpeta en la que se recogía las múltiples intervenciones y dolencias que ha padecido Ernest en sus 54 años de vida. La policía lo fotocopió, tras recordar Amparo la situación de riesgo mortal en que estaba su hermano. Las horas que permaneció Ernest en Jefatura le parecieron eternas. Salió en libertad pasada la media noche. Aunque aún no conoce los cargos que le imputan, ya se ha buscado un abogado que defienda su inocencia. Estando en Jefatura oyó a otros compañeros que como él estaban detenidos en celdas y por las conversaciones parecían pertenecer al 15M. No sabe nada más de ellos. Ni conoce si están en libertad. Lo que si sabe Ernest es que la pesadilla que ha vivido le recuerda actuaciones policiales del franquismo.
Hace tan solo unos días hemos sabido de sindicalistas detenidos acusados de alterar el orden público por manifestarse en contra de los recortes. Aún permanecen en nuestra retina las cargas policiales contra los estudiantes del IES Lluis Vives de Valencia por pedir una educación pública de calidad. Por cierto, a estos jóvenes les están lloviendo multas por haber respondido con resistencia pasiva a la activa y brutal actuación de la policía.
El PP ha reformado la legislación para perseguir cualquier atisbo de protesta social. Tal vez el gobierno tema que el tremendo dolor y la herida que está infringiendo a la sociedad se conviertan en árnica que espolee un brote de indignación incontrolada. Aumentar el estado policial nos acerca a escenarios de otras épocas que nadie en su sano juicio debería fomentar. Quien lo hace a conciencia merece como mínimo el calificativo de irresponsable.   
URBANO GARCIA

FOTO: Urbano Garcia


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