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viernes, 16 de marzo de 2018

#8M: A POR LA IGUALDAD

La huelga feminista del 8 de marzo fue histórica, por abusar del tópico. Es el adjetivo más repetido. Todo el mundo coincide. Lo tienen claro hasta quienes se mostraron más contrarios a ella y la contraprogramaron como pudieron. Tras acusarla de elitista, insolidaria y anticapitalista, el PP se montó una mini cumbre en una València con olor a pólvora. Felizmente acabado el monopolio partidista en el balcón consistorial –impuesto por Rita durante 23 años-, el PP ha trasladado su balcón fallero al Ateneo. Daba grima ver a Rajoy luciendo un lacito violeta en ese escenario, mientras racanea el dinero comprometido en el Pacto contra la violencia de género. Indigna ver a las ministras con su lacito violeta, mientras bloquean las ayudas a la dependencia.
                  Pero volvamos al 8M. Todos los actos previstos para esa jornada vindicativa contaron con la masiva presencia de mujeres empoderadas y también de muchos hombres. Feminismo es sinónimo de igualdad. Como machismo lo es de desigualdad y privilegios. Hay quienes insisten en presentar al feminismo como la cara B del machismo. Es negar la evidencia. El moderno feminismo nació con las sufragistas y avivado por las desigualdades que impuso la revolución industrial. En los orígenes de la revolución de Octubre hay una protesta de las mujeres de Petrogrado pidiendo igualdad y el fin de la guerra, era el 8 de marzo de 1917. Ha pasado un siglo desde aquella también “histórica” jornada. El feminismo impregna las políticas de la modernidad. Mar de fondo de revoluciones y observatorio de sus cambios. Capaz de medir la igualdad conseguida o de detectar su parálisis.      

TRANSVERSALES
                  Muchos analistas han comparado el tsunami del 8M con las protestas contra la invasión de Irak o el 15M. Nadie del gobierno supo ver la que se le venía encima hasta que las calles reventaron de indignación. El siglo XXI llegó de la mano de la transversalidad. Algunas etiquetas parecen agotadas. Su valor en el mercado de las ideologías se ha depreciado tanto que apenas valen algo. Sirvieron como elementos simbólicos de transformación, mientras fueron útiles para cambiar las cosas. Hace tiempo que no dicen nada. Las etiquetas más devaluadas son las de izquierda y derecha, también el centro carece de sentido si no se relaciona con sus extremos. La política ha quemado etapas a rebufo de un capitalismo camaleónico, hábil transmutándose sin mudar sus esencias. Está demostrado que la transversalidad es un valor capaz de movilizar a amplios sectores sociales. Una transversalidad cruzada por diferentes intereses, pero con un objetivo común lo suficientemente fuerte como para superar las diferencias. Hoy en día, no hay sujeto revolucionario capaz de generar tanto consenso como la lucha por la igualdad. La lucha de clases sigue existiendo, sí. También la explotación capitalista. Pero los sujetos y las dinámicas sociales han cambiado. La clase obrera, fragmentada y precarizada, ha perdido gran parte de su capacidad revolucionaria. La globalización ha alterado las reglas del mercado haciéndolo más difuso y opaco. Poco tiene que ver el capitalismo del siglo XXI con el de la revolución industrial, sin embargo sigue siendo capitalismo.

PENSIONISTAS
                  No es casualidad que otra gran movilización transversal, la de jubilados y pensionistas, en la que las mujeres son las más perjudicadas, ponga de los nervios a PP y C’s. Ambos partidos defienden el modelo chileno: privatizar los planes públicos de pensiones. La ruina para las rentas humildes y el gran negocio para los bancos. El PP ha tenido hasta ahora uno de sus graneros de votos en las personas mayores. El martes 13, ambos partidos votaron en contra de garantizar que las pensiones evolucionen con el IPC. El artículo 50 de la Constitución dice que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”. En nuestro país, a pesar de la pirámide demográfica y el impacto de la crisis, el sistema público de pensiones sigue financiándose sólo con las cotizaciones. En otros países de nuestro entorno, hay más aportaciones. Si se rescataron bancos y autopistas, ¿qué impide que una tasa a la banca, por ejemplo, sirva para ayudar a financiar el sistema público de pensiones? Pero no hay voluntad política por parte del partido en el gobierno.
                  En los próximos días, pensionistas y mujeres volverán a salir a la calle en defensa de unas pensiones dignas y, de nuevo, con la igualdad por horizonte.
        
URBANO GARCIA
urbanogarciaperez@gmail.com

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