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martes, 8 de septiembre de 2020

PULPO, CALAMAR, RABAS

  ¿Tapas o PCR? El repunte llegó antes de que los colegios abrieran sus puertas. ¿Podremos hacer suficientes test PCR (Reacción en Cadena a la Polimerasa, en inglés)? ¿Tenemos personal para hacer un rastreo eficaz de la infección por el Sars-Cov-2? Son algunos de los temas planteadas al inicio del curso. Cuando se levantó el estado de alarma, vimos alarmados las imperfecciones del Estado autonómico. No por autonómico, sino por poco federal. La Constitución del 78, quiero y no puedo, o puedo y no quiero -tanto monta, monta tanto-, dejó la descentralización inacabada. Ni estado federal ni unitario. Ni carn ni peix, que decía Fuster. Las autonomías son Estado, sí. Pero no son todo el Estado. El estado de alarma es competencia del gobierno estatal. Si se quiere someter un territorio a restricciones propias de la alarma, es necesario el diálogo entre gobiernos central y autonómico. Uno tiene el conocimiento, el otro los medios. Existen mecanismos de colaboración entre ambas instancias, pero su funcionamiento parece claramente mejorable. Le falta engrase a ese cigüeñal. Y en eso llegaron las derechas y la liaron. No hay más que repasar la trayectoria seguida por la Comunidad de Madrid. Primero acusando al gobierno central de suplantar las funciones del autonómico, y más tarde, cuando el grueso de las decisiones debía tomarse por la autonomía, responsabilizando al gobierno central de no hacer nada. ¡Puede haber mayor cinismo!

El gobierno de coalición presidido por Pedro Sánchez puso encima de la mesa la posibilidad de que el ejército complementara parte de las funciones de rastreo y seguimiento de la pandemia que no puedan cubrir las autonomías. Parece una buena medida. Es una de las funciones de la milicia, aunque se use poco. A las autonomías gobernadas por el tripartito derechista no les gusta mucho la medida. Les quita argumentos para su cruzada de “cuánto peor, mejor”. ¡Es tan tentador usar la pandemia como ariete contra el gobierno! Hasta la extrema derecha alemana quería asaltar el Reichstag aprovechando una manifestación contra las medidas del gobierno alemán para frenar la pandemia. O se quema o se asalta. Esa es la máxima del fascismo “mutante” -en acertado calificativo del historiador Emilio Gentile- que recorre Europa. A ver si vamos tomando nota de con quién están negacionistas y antivacunas. El fascismo es un virus que muta.  

 

AL COLE          

               Hace unos días, la cumbre on-line de tres ministros con sus homólogos autonómicos puso en común medidas para afrontar la vuelta al cole. La escolarización tiene un papel socializador de primer orden. Es prioritario que sea presencial, hasta la adolescencia y más allá. Para reducir el grado de contagios -que los habrá- es necesario tomar más medidas, por ejemplo: disminuir la ratio de alumnos por clase y, por tanto, contratar más profesorado; aumentar la higiene y ventilación de las aulas; establecer un plan de emergencia; concentrar en una o varias personas del centro el seguimiento de la Covid-19, etc. Muchos gobiernos autonómicos llevan meses trabajando estos protocolos. Aquí, el Conseller Marzà consensuó un plan con los sindicatos y el resto de agentes implicados para la vuelta al cole. El plan amplía plantilla docente, facilita medios para que la pandemia no ahonde la brecha digital, establece protocolos sanitarios y sociales, para que la Covid-19 no incremente más la otra pandemia: la escandalosa desigualdad existente…  

               La mascarilla y el hidrogel serán nuestros compañeros de viaje durante mucho tiempo. Cuando llegue la vacuna, que llegará, rebajará nuestra ansiedad, pero no deberíamos perder algunas de las buenas costumbres higiénicas que ahora hemos adoptado a la fuerza. En eso consiste también la civilización.

               Desde que el Sars-Cov-2 irrumpió, nada ha vuelto a ser como era, ni volverá a serlo. El coronavirus ha puesto en cuestión certezas que pensábamos eternas. Nada es eterno. Tampoco la injusticia. Como suele ocurrir ante los grandes dilemas de la humanidad, nos hemos vuelto a dividir en apocalípticos e integrados. Pensar que venceremos este virus no significa que no aparecerán otros que nos causarán más disgustos. Creer a pies juntillas en la ciencia no contradice ser consciente de sus limitaciones.

 

CONFINADOS

               Cuando escribo estas líneas, comienza el confinamiento en la localidad valenciana de Benigànim. Durante 14 días, esta localidad del Valle de Albaida (6.000 habitantes) volverá a restringir sus movimientos, a cerrar bares y lugares de ocio, la noche volverá a ser silenciosa. ¿Tapas o PCR? Ese también es el dilema.      

URBANO GARCIA

urbanogarciaperez@gmail.com

Imagen: Niños en la escuela. NEWTRAL.ES


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